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Biodiversidad y Conservación

La deuda de extinción: por qué proteger un hábitat no salva a las especies que ya viven en él

Una población puede estar condenada décadas antes de que desaparezca el último individuo

Dr. Álvaro Ruesga, ecólogo 2 min de lectura

UN RETRASO QUE ENGAÑA

Cuando un hábitat se fragmenta o reduce, las especies que lo habitan no desaparecen de inmediato. Los individuos adultos sobreviven, a veces durante décadas, y el censo puede parecer estable.

Pero si el fragmento restante no alcanza el tamaño mínimo que la población necesita para mantenerse, esos individuos son los últimos: no lograrán reemplazo suficiente. La extinción ya está determinada aunque tarde generaciones en consumarse.

Ese desfase entre la causa y el efecto se denomina deuda de extinción, y tiene una consecuencia práctica incómoda: los inventarios de especies presentes sobrestiman la salud de un ecosistema recientemente alterado.

POR QUÉ EXISTE EL RETRASO

Varios factores lo producen.

La longevidad es el más directo: en especies de vida larga, especialmente árboles y grandes vertebrados, los individuos persisten mucho tiempo tras dejar de reproducirse con éxito.

La estocasticidad demográfica actúa después: en poblaciones pequeñas, la fluctuación aleatoria en nacimientos, muertes y proporción de sexos puede llevar a la extinción incluso cuando las condiciones medias serían suficientes.

Y la erosión genética se acumula lentamente: la endogamia y la pérdida de variabilidad reducen la capacidad de respuesta ante enfermedades o cambios ambientales.

LA IMPLICACIÓN PARA LA GESTIÓN

De aquí se derivan dos conclusiones que orientan la conservación.

La primera es que la ausencia de extinciones tras una alteración no demuestra que la alteración fuese inocua. Evaluar el impacto exige medir viabilidad poblacional —estructura de edades, éxito reproductor, flujo genético— y no solo presencia.

La segunda es esperanzadora: si la deuda aún no se ha pagado, existe una ventana para intervenir. Restaurar conectividad, ampliar el fragmento o reforzar la población puede evitar extinciones que ya estaban comprometidas.

Esa ventana se cierra: cuanto más tiempo pasa, menos individuos quedan y más difícil resulta revertir la trayectoria.

LA CONECTIVIDAD COMO PALANCA

La intervención con mejor relación entre coste y efecto suele ser restaurar la conexión entre fragmentos en lugar de ampliar uno solo.

Una red de parches conectados permite que los individuos se desplacen, que los parches vacíos se recolonicen y que el flujo genético mantenga la variabilidad. Funciona como una única población grande aunque el hábitat siga fragmentado.

Los corredores no necesitan ser continuos ni anchos para muchas especies: pasos elevados sobre infraestructuras, setos, riberas arboladas y mosaicos de vegetación cumplen la función a un coste muy inferior al de adquirir superficie.

LA DEUDA INVERSA

Existe un fenómeno simétrico y menos conocido: el crédito de colonización. Tras restaurar un hábitat, las especies tardan en llegar y establecerse.

Esto significa que evaluar un proyecto de restauración pocos años después de ejecutarlo subestima su efecto, del mismo modo que evaluar una alteración pocos años después lo sobrestima. Ambos sesgos apuntan en la misma dirección: los plazos de la ecología son más largos que los de la evaluación administrativa.

Periódico Digital · https://periodico.dreamlabstech.co/biodiversidad-y-conservacion/articulo_001.html

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